Eduardo Galeano escribió que era un mendigo de buen fútbol. Iba a las canchas, decía, con el sombrero en la mano, y por los estadios del mundo pedía limosna: “una linda jugadita, por amor de Dios”. No le importaba de qué camiseta viniera el milagro. Le importaba el milagro.
El fútbol es un arte, aunque se juegue con los pies. Y como todo arte, nace de la necesidad de los que no tienen nada.
Maradona entendió eso mejor que nadie, porque venía de Villa Fiorito, de los potreros donde la pelota era lo único que sobraba. Su zurda no fue una técnica: fue una respuesta. Una manera de contestarle al mundo desde el barro. Cuando levantó la pelota frente a Inglaterra, en 1986, no marcó un gol: redactó un manifiesto. Primero la trampa de los humildes —la mano de Dios— y después, minutos más tarde, la obra maestra que ningún tramposo podría haber soñado.
El juego de duty contra el juego de sol
Galeano temía que la historia del fútbol fuera “un triste viaje desde la belleza hacia el deber”. El fútbol-espectáculo, el fútbol-negocio, el fútbol de los números y los patrocinadores, le iba ganando terreno al fútbol-fiesta. La zurda contra la planilla. El caño contra el promedio de pases.
Hoy el Mundial vuelve a América —a México, a Estados Unidos, a Canadá— y la pregunta sigue intacta. ¿Vamos a ver el fútbol de los contadores, o el de los locos? ¿El que se mide, o el que se baila?
De Zurda nace de esa duda. Y de esa esperanza.
Por qué este blog
Escribimos de zurda: con la pierna de Diego y desde la vereda de Galeano. No para repetir resultados —para eso están los algoritmos—, sino para defender la idea de que un partido puede ser un poema, y que un poema no necesita pedir permiso.
Vamos a contar este Mundial como se cuenta un cuento alrededor del fuego. Con análisis, sí, pero también con memoria y con bronca y con amor. Porque al final, como sabían los dos, el fútbol no se explica: se reza.
Y nosotros seguimos acá, con el sombrero en la mano, mendigando una buena jugada.