
La Copa del Mundo no está en venta
La UEFA y 55 federaciones rechazan en bloque que la FIFA entregue a inversores privados la propiedad del Mundial.
¿Desde cuándo un patrimonio que pertenece a todos puede ser vendido por quienes solo lo custodian?
Esa es la pregunta que resuena detrás del comunicado histórico que la UEFA y sus 55 federaciones nacionales emitieron este jueves. Con una firmeza que raramente se ve en los salones climatizados del fútbol institucional, Europa entera alzó la voz: la FIFA está intentando entregar participaciones de propiedad del Mundial y otras competiciones a inversores privados. Y la respuesta fue unánime, sin matices, sin diplomacia de pasillo. El Mundial no está en venta.
Lo que la FIFA propuso no es menor. No se trata de vender derechos de transmisión, ni de buscar un patrocinador nuevo para la mascota. Se trata de ceder fracciones de propiedad sobre el torneo más visto del planeta a fondos con una sola obligación: maximizar el retorno financiero. El documento con el que Gianni Infantino y sus asesores llegaron a la mesa fue, según la propia UEFA, concebido en secreto y llevado casi hasta la aprobación sin consulta alguna con las federaciones que, se supone, gobiernan el juego junto a la FIFA. No fue un proceso democrático. Fue un ultimátum envuelto en burocracia: acepten, o atengan se a las consecuencias.
Durante décadas, el fútbol ha convivido con la tensión entre su alma popular y su maquinaria comercial. El Mundial costó más en Qatar 2022 de lo que muchos países gastan en educación en una década. Las sedes se eligen con criterios que combinan geopolítica, cheques y algo de fútbol, no necesariamente en ese orden. Nadie que siga el juego de cerca puede sorprenderse de que la FIFA haya llegado hasta aquí. Lo que sí sorprende, y vale celebrar, es que Europa haya respondido sin ceder un centímetro.
El argumento central de la UEFA no es romántico: es estratégico. En el instante en que un inversor privado adquiere una participación en el Mundial, cada decisión sobre el calendario, cada cambio de formato, cada sede elegida, cada regla modificada deja de responder exclusivamente a lo que es mejor para el fútbol y comienza a responder también a lo que es mejor para ese accionista. No es una hipótesis: es la lógica básica del capital. Y una vez que esa lógica entra, no sale. No existen inversores que acepten pérdidas por amor a la camiseta.
La declaración, disponible íntegramente en el sitio de la UEFA, va más lejos que el rechazo. Establece una condición sin precedentes: mientras estas propuestas sigan vivas, ninguna selección nacional europea participará en competición FIFA alguna. Ningún Mundial. Ninguna Copa Confederaciones. Ningún torneo bajo el paraguas de Zúrich mientras el plan no sea abandonado en su totalidad, con garantías vinculantes de que nunca más se intentará privatizar la gobernanza del fútbol mundial. Es la carta más fuerte que Europa ha puesto sobre la mesa en décadas, y no la pusieron en silencio.
Podría argumentarse que la UEFA tampoco es un modelo de virtud. El Europeo, la Champions League, la distribución de ingresos entre federaciones grandes y pequeñas, la lista de quejas contra la UEFA es larga. Y es cierto: instituciones imperfectas también pueden tener razón en cuestiones fundamentales. El hecho de que Aleksander Čeferin gobierne con sus propios intereses no invalida el argumento de fondo. La Copa del Mundo es de las generaciones que la construyeron y de las que vendrán después. Pelé, Zidane, Messi, Mbappé: nadie de ellos creó ese legado para que un fondo de inversión lo contabilice como activo.
Desde De Zurda coincidimos sin reservas. El Mundial es el único evento en el que el planeta entero puede verse en el mismo espejo al mismo tiempo. Ochenta millones de personas viendo a Argentina ganar en Qatar. Una generación entera en África siguiendo el camino de Marruecos hasta semifinales. Eso no tiene precio en el sentido que los inversores entienden precio, y precisamente por eso no puede tener dueño privado.
Lo que viene ahora es la prueba real. La FIFA tiene el próximo Congreso Mundial como escenario inminente. Infantino necesita mayoría para avanzar, y Europa representa un peso político y económico que no se puede ignorar. Si las 55 federaciones cumplen lo que prometieron, y si otras confederaciones se suman al rechazo, el plan muere en el tablero. Si la FIFA cede a la intimidación y fuerza el voto de las federaciones más dependientes de su financiamiento, habremos entrado en un territorio nuevo y muy oscuro para el fútbol global. Hay momentos en que las instituciones son juzgadas no por lo que aceptan, sino por lo que se niegan a ceder. Este es uno de esos momentos. Y hoy, Europa eligió bien.

