Messi se va en paz, y la casa que levantó sigue en pie
En el Monumental cerró veintiún años en paz. La final del Mundial 2026 duele; la casa que levantó sigue en pie.
El 6 de octubre, en el Monumental, Lionel Messi se fue en paz. Más de ochenta mil personas vieron al capitán asistir a Nicolás Otamendi, después a Nico Paz, y cerrar el 3-0 ante Benín de penal. Veintiún años, seis Mundiales, una camiseta que ya cobró lo que le debía. La final de Nueva Jersey sigue en la memoria. Al lado, intacta, queda la casa que dejó en pie.
La última función
A los diez minutos el partido se detuvo y el estadio se puso de pie. Hasta los jugadores de Benín cruzaron el césped para saludarlo. En la tribuna estaban Antonela Roccuzzo, Thiago, Mateo, Ciro y Celia Cuccittini. Faltaba Jorge, el padre, muerto en agosto a los 68 años: la ausencia más honda de una noche que, aun así, eligió el agradecimiento.
Messi lloró en el himno. Lloró Lionel Scaloni, el técnico con el que la deuda se volvió título. Enzo Fernández lloró después, cuando el capitán tomó el micrófono y confesó que aquel era el día más triste de su carrera. Tristeza de quien cumplió y va a extrañar el lugar. Horas antes, en un video, había dejado la frase que ordena el resto: llegó el momento, se va en paz, dejó todo.
El fútbol acompañó el homenaje. El primer tiempo fue cerco de Benín y fiesta de tribuna. A los 48, un córner de Messi desde la izquierda y el cabezazo de Otamendi: 1-0. El defensor —compañero de las finales de 2014, 2015 y 2016, y de las que después se ganaron— también jugaba su último partido. A la hora, Messi encontró a Nico Paz y el mediocampista clavó el 2-0 de zurda al segundo palo. A los 70, el penal. El tanto número 126. La pelota, otra vez, eligió a quien ya había saldado la cuenta.
Lo que costó llegar a esa paz
La historia empezó lejos de cualquier podio. El 17 de agosto de 2005, en Budapest, José Pekerman lo hizo entrar ante Hungría con 18 años y el partido lo expulsó a los pocos segundos. Después vinieron las comparaciones con Diego Armando Maradona, la final del Maracaná ante Alemania en 2014 y dos finales de Copa América perdidas con Chile, en 2015 y en 2016. De aquella segunda salió la frase que entonces sonó a puerta cerrada: la selección se había terminado para él.
Volvió. Y el nudo se deshizo en el mismo estadio que lo había lastimado. En 2021, otra vez en el Maracaná, le ganó la final a Brasil y cortó veintiocho años sin un título grande. En 2022, en Wembley, la Finalissima fue un 3-0 a Italia. El 18 de diciembre de ese año, en Lusail, el 3-3 con Francia se resolvió desde los doce pasos y la Copa del Mundo dejó de ser una deuda. En 2024, en Miami, otra Copa América, esta vez ante Colombia. Cuatro títulos mayores. Un país que ya mira a su 10 con la frente alta.
Por el camino quedaron los números que la discusión ya no mueve: 208 partidos, 126 goles, 70 asistencias. Máximo goleador y máximo asistidor de la historia albiceleste. Seis Copas del Mundo, de Alemania 2006 a este 2026. El chico expulsado en Budapest se fue del Monumental como el hombre que más veces vistió la camiseta.
La final que cabe dentro de la obra
El 19 de julio, en el New York New Jersey Stadium, Ferran Torres clavó el 1-0 de España a los 106 minutos. Argentina jugó el tramo decisivo con diez, después de la segunda amarilla de Enzo Fernández, con el fondo remendado y con Emiliano Martínez aguantando el asedio. Messi tenía 39 años y 25 días: el futbolista de campo más longevo en una final mundialista. Había marcado ocho goles en el torneo y había llevado a la campeona a defender el título hasta el último partido. Retener la Copa es una rareza. Ellos estuvieron a un suspiro.
Él mismo lo dijo después, sin buscar coartada: en esa final no pasó nada raro; llegaron con lo justo. España fue mejor. El sistema de Luis de la Fuente ahogó la obstinación de Scaloni. Llegar otra vez, a una edad en la que la mayoría ya mira los partidos desde el palco, es el precio noble de una carrera que se negó a cerrarse en Qatar.
El orgullo cabe en el marcador y en todo lo que el marcador deja alrededor. Queda un vestuario que aprendió a ganar junto. Queda Scaloni. Quedan Enzo, Alexis Mac Allister, Julián Álvarez y Lautaro Martínez: la generación que conoció las finales como hábito, después de haberlas heredado como condena. Queda Nico Paz recibiendo el pase del 10 y convirtiéndolo, como si el último acto del capitán fuera presentarle el escenario al que viene.
Cuando tomó el micrófono, Messi señaló la tribuna y avisó que ahora iba a estar de ese lado, alentando a los chicos. Dijo también lo que el ciclo demostró mejor que cualquier placa: cuando se juntan, son más fuertes que cualquiera. Esa frase es el manual que deja sobre la mesa.
Lo que sigue, sin el 10
El contrato con el Inter Miami llega hasta 2028. El fútbol de clubes todavía lo tiene. La Selección ya puede caminar con lo que él le enseñó. Las casas bien hechas se habitan cuando se muda quien puso los cimientos.
En Rosario, frente al Monumento a la Bandera, desplegaron una camiseta gigante con el 10 y una sola palabra: gracias. El agradecimiento ya está pago. Lo que queda es la pregunta que Messi —con su silencio de siempre y con un discurso que se negó a soltar el césped— le deja al equipo: si esa unión que él nombró alcanza para ganar cuando el córner ya lo ejecuta otro. Enzo lloró porque entendió el tamaño de la ausencia. El fútbol argentino va a contestar en la cancha. Messi puede mirar desde la tribuna con la frente alta. Construyó algo que una final, incluso la del Mundial, ya no tiene autoridad para demoler.

